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sábado, 26 de abril de 2014


El resucitado crea la comunidad para la misión

 

Es muy significativo que los creyentes en Jesús acostumbramos vivir nuestra fé en forma individual: poco nos reunimos para escuchar la Palabra, poco nos reunimos espontáneamente para hacer oración, y ayudarnos en nuestras necesidades.

Pocas personas se toman en serio la misión de continuar la obra del Resucitado, construyendo con hechos y palabras el Reinado de Dios.

Damos mucho más importancia a la imagen que presentamos ante los demás, que a la imagen del Crucificado que ha resucitado y está vivo y presente entre nosotros.

 

El libro de los Hechos se escribe por el año 80 de nuestra era, momento en el que ya han desaparecido aquellos que fueron testigos del encuentro con Jesús resucitado: no hay más testigos oculares.

Para mantener el rumbo del camino iniciado por Jesús, para que las nuevas comunidades puedan seguir la pista, el autor recoge las tradiciones sobre la Iglesia en diferentes comunidades.

En el libro de los Hechos descubrimos una Iglesia conducida por el Espíritu, una Iglesia misionera, una Iglesia que se estructura en pequeñas comunidades

El texto de hoy nos presenta como modelo de Iglesia, la comunidad de Jerusalén. Está formada por aquellos que aceptaron el misterio pascual de Jesús: su muerte y resurrección.

Ellos se reúnen para escuchar la Palabra de Jesús, para la oración, para la fracción del pan (Eucaristía) y se distinguen de los demás por su unidad y su vida compartida.

El evangelio de Juan se escribe por el año 90 y recoge tradiciones de varias comunidades; quiere responder a los problemas de una comunidad, que desde el año 80, ha sufrido una persecución acérrima por parte de los dirigentes de la religión judía.

Esto los ha llenado de miedo y se encuentran encerrados y han abandonado la misión que Jesús recibió del Padre.

El autor recuerda a estos discípulos la experiencia de los discípulos de Jesús después de su muerte; la forma en que Jesús se presenta ante ellos y les desea la paz.

Se identifica ante ellos mostrando sus manos y su costado, señal de que él sigue siendo sacrificado en aquellos que son  masacrados por denunciar una sociedad de injusticia y desigualdad.

Jesús les concede el don del Espíritu Santo para que tengan luz y fortaleza, les recuerda que El trajo una misión del Padre y que a ellos les toca, ahora, continuar con la misión

 

Creer en Jesús resucitado significa para nosotros dejar el individualismo y reunirnos con otros creyentes para escuchar y meditar juntos la Palabra, para dialogar (escuchar y responder) a Dios, y para construir la unidad en la hermandad.

Creer en Jesús resucitado significa para nosotros vencer el miedo, crear la confianza en los demás y abrirnos a los que son diferentes, para, juntos, construir un mundo de paz.

Creer en Jesús resucitado significa para nosotros trabajar por un mundo mejor: de justicia y solidaridad más que preocuparnos por ser una Iglesia tiene una bella imagen.

Creer en Jesús resucitado significa para nosotros tomar conciencia de la misión, de seguir construyendo el Reinado de Dios, saliendo del encerramiento en el templo y haciéndonos presentes ahí donde el sufrimiento reclama nuestra presencia.

Cosme Carlos Ríos

Abril 26 del 2014

sábado, 5 de abril de 2014


¿Crees tú esto?

 

Muchos creyentes luchan contra el aborto (cosa muy plausible) pero no atacan las causas que impulsan a la mujer a tomar esta decisión: Abandono de la pareja, abandono de los padres y de las instituciones religiosas y civiles, incapacidad económica, falta de una verdadera educación sexual etc.

Hay también otras causas que conducen a la muerte como el hambre, las enfermedades por desnutrición, los daños que ocasionan las empresas contaminantes y las que hacen temblar el subsuelo.

 

Los años entre el 587 y el 530 a. C. constituyeron una dura crisis para los grandes del pueblo de Israel al ser deportados a Babilonia.

Ellos, al haber perdido su tierra, al ver destruidos totalmente su templo y su ciudad capital, se desilusionaron, perdieron el espíritu y la unidad entre ellos mismos.

El profeta Ezequiel, hijo del sacerdote Buzí, acompañó a los desterrados a Babilonia y fue el primero que sostuvo la esperanza entre ellos.

En la imagen de los huesos secos, Ezequiel refleja la situación del pueblo que será transformada por el espíritu de Yahvé.

Yahvé les va a infundir su espíritu y van a cobrar vida: los huesos, los nervios recuperarán su función y se unirán para ser de nuevo el pueblo de Yahvé.

 

El autor o los autores del Evangelio de Juan nos dejaron una clave para su interpretación: “Estas señales  han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Crean, y tendrán vida por su Nombre.

En el relato de hoy  encontramos estas expresiones que nos conectan con el objetivo de los autores:

“Lázaro ha muerto, pero yo me alegro por ustedes de no haber estado allí, pues así ustedes creerán”. "Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. El que vive, el que cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?" "Sí, Señor; yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.” "¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?" "Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado. Yo sabía que siempre me escuchas; pero yo lo digo por esta gente, porque así creerán que tú me has enviado.

Hoy Jesús aparece como el que es la resurrección, el que da la vida verdadera. Jesús es el enviado del Padre.

En el evangelio de Juan la resurrección de Lázaro es la última de las siete señales de Jesús y se presenta como una muestra de que Jesús quería mucho a Martha, a su hermana y a Lázaro.

Para los cristianos, Jesús es el consagrado (Mesías o Cristo) y es el enviado del Padre. Creer significa: aceptar la persona la palabra y el proyecto de Jesús de Nazaret

El proyecto de Jesús se declara en el capítulo  10 cuando Jesús dice: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en plenitud”.

 

Creer que Jesús es la resurrección, la nueva vida, significa para nosotros recuperar el espíritu para seguir luchando, unidos como pueblo, para que todas las personas tengan vida y la tengan en plenitud.

Significa luchar para que haya apoyo, económico, moral, religioso y social para las mujeres (especialmente jovencitas) que se ven constreñidas a abortar.

 Significa ayudarlas a tomar conciencia de su dignidad y del valor de su propia sexualidad y las formas correctas de evitar los embarazos.

Creer que Jesús es la resurrección, la nueva vida, significa luchar para que se erradiquen de nuestro mundo el hambre y las enfermedades que vienen por la desnutrición.

Creer que Jesús es la resurrección, la nueva vida, significa luchar para que las empresas que contaminan y las que hacen temblar la tierra, abandonen totalmente esas prácticas y las sustituyan por prácticas que respetan la vida de las personas y del planeta

Abril 05 del 2014

Cosme Carlos Ríos

 

 

 

 

 

 

sábado, 29 de marzo de 2014


Con el correr de los tiempos hemos hecho una cantidad tal de leyes, normas y reglamentos que resulta difícil entender como quiere Dios que vivamos.

Insistimos más en nuestras reglitas que en lo profundo que consiste en ver y amar como Jesús y luchar por la vida y la dignidad de la humanidad

 

El juez y profeta Samuel ha conducido a los israelitas durante el sistema tribal, pero ha visto que ese sistema justo e igualitario se está agotando y que él mismo se ha hecho viejo.

Hay necesidad de buscar una persona que conduzca a los israelitas y, enviado por Dios, ha ungido a Saúl, pero se siente defraudado por sus desmanes y busca un nuevo rey.

Al elegir al nuevo rey Samuel se fija en su buena presencia y en  su estatura, pero Dios le dice: Dios no ve las cosas como los   hombres: el hombre se fija en las apariencias pero Dios ve el corazón".

Dios elige y unge al más pequeño de la familia para que conduzca al pueblo de Israel

Los evangelios que leemos en la Cuaresma constituyen una Catequesis bautismal, para renovar en la Pascua, nuestro compromiso bautismal.

Hemos acompañado a Jesús al desierto para descartar los caminos que nos llevan por rumbos equivocados y encontrar los caminos de Dios: La escucha de la Palabra y poner a Dios en el centro de nuestra vida.

Con Jesús y sus discípulos hemos ido a la montaña para meditar la enseñanza de la Ley y los profetas y hemos oído la voz del Padre que nos ordena escuchar a su hijo amado

Junto al pozo nos hemos encontrado con Jesús el migrante, fatigado y sediento que nos ofrece agua viva, que valora y dignifica a la mujer.

Hoy nos encontramos a Jesús cerca de la piscina de Siloé ante un mendigo ciego y por lo mismo marginado.

No se trata de un hecho histórico sino de una catequesis, Por tres veces aparece en el texto: “Lodo en los ojos, lavarse y ver”

Jesús declara que la enfermedad del ciego no tiene que ver con el pecado del ciego ni de sus padres, sino que constituye una oportunidad para que se manifieste la gloria de Dios.

El ciego en un primer momento afirma; “El hombre que se llama Jesús. Más delante afirma que: “Es un profeta”

Como testimonio ante los jefes de los fariseos declara: "Eso es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto a mí los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores; mas, si uno es religioso  y cumple su voluntad, a ése le escucha. Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada."

Al ser interpelado por Jesús el ciego responde: “"Creo, Señor."

El mendigo ciego es ungido con lodo, es purificado por las aguas de la piscina de Siloé y recobra la vista para reconocer al Enviado del Padre

Ahora para el ciego lo importante no es el cumplimiento de la Ley (observancia del sábado), sino el seguimiento de Jesús que nos hace ver, que nos libera y dignifica.

 

Creer y seguir a Jesús como el ciego, significa para nosotros revisar nuestras normas leyes y reglas para ponerlas al servicio de la vida y la dignidad de la persona.

Creer y seguir a Jesús como el ciego, significa para nosotros poner la misericordia como principio de nuestra acción.

Creer y seguir a Jesús como el ciego, significa para nosotros iluminar los ojos, la mente y la conciencia de los hermanos para que nuestra principal preocupación sea que haya vida y vida en abundancia para todos

Marzo 29 2014

Cosme Carlos Ríos

sábado, 22 de marzo de 2014


Jesús y la mujer

En los Evangelios vemos a Jesús frecuentemente rodeado de mujeres: amigas entrañables como María Magdalena o las hermanas Marta y María de Betania; seguidoras fieles como Juana, Susana "y otras muchas": Mujeres enfermas y prostitutas de aldea que se acercan...

De ningún profeta se dice algo parecido. ¿Qué encontraban en él las mujeres? La respuesta que ofrecen los relatos evangélicos es clara.

Jesús las mira con ojos diferentes. Las trata con una ternura desconocida, defiende su dignidad, las acoge como discípulas. Nadie las había tratado así. La gente las veía como fuente de impureza ritual.

Rompiendo tabúes y prejuicios, Jesús se acerca a ellas sin

temor alguno, las acepta a su mesa y hasta se deja acariciar por una prostituta agradecida.

¿Podríamos decir entonces que el desarrollo integral de las mujeres es también una de las grandes preocupaciones de los cristianos?

Sabemos que la historia no siempre lo corrobora. Es más, durante siglos y aún hoy, las mujeres han sido discriminadas en la Iglesia y en las sociedades que se reconocían cristianas.

Sin embargo, "El cristianismo puede aportar un profundo sentido de la justicia y de la dignidad de la mujer y el inmenso caudal de creatividad y energía ética y espiritual que proporciona una experiencia religiosa auténtica.

El cristianismo nos recuerda que las raíces de la verdadera libertad están en la libertad interior, en el saberse bendecida, en el amor a una misma que se traduce en la compasión por todo lo viviente.

Hay una libertad íntima y radical que nace de la vivencia del Evangelio y que ha alimentado la lucha de muchas cristianas por sus derechos y libertades a lo largo de la historia y lo sigue haciendo hoy."  

Una nueva concepción que está siendo configurada por los discursos y las prácticas de muchas mujeres cristianas y de otras religiones.

Togo no es de los países con mayor Índice de desigualdad de género, pero sí, el país con mayor diferencia de género en Educación Secundaria (15,3 % de mujeres frente a 45,1 % de hombres que han terminado este nivel educativo).

La pronta incorporación de las niñas y adolescentes a las tareas domésticas, junto con los matrimonios precoces, contribuyen a esta desigualdad.

En nuestra oración, hoy tenemos presentes a todas las mujeres del mundo que sufren algún tipo de discriminación y, especialmente, a las mujeres de Togo. Tomado de la campaña: los cuarenta días con los cuarenta últimos:

 

La liturgia de hoy rompe esquemas al presentarnos hoy un texto del Evangelio de San Juan, dejando de lado el Evangelio de San Mateo, propio de este ciclo.

Es notable el encuentro de Jesús con una mujer, samaritana y de conducta dudosa según los criterios de la época. En el trato con ella se reflejan las actitudes que mencionaba la campaña de los 40 días.

Jesús fatigado y sediento, sin ningún reparo el pide de beber a la mujer samaritana. Ante el rechazo de la mujer Jesús le ofrece agua viva.

Surge el problema sobre el lugar del culto verdadero y Jesús le aclara que el culto a Dios no está condicionado a un lugar específico, pero que los verdaderos adoradores han de adorar a Dios en espíritu y en verdad.

Le declara que el Mesías no es alguien que tenga una apariencia de grandeza, sino que es aquel peregrino cansado y sediento.

Como resultado de aquel encuentro, por el trato recibido de Jesús, la mujer se convierte en una persona que habla de Jesús a todo el pueblo.

 

El encuentro que tenemos cada semana con Jesús, el que dignifica a la mujer nos tiene que llevar a valorar y respetar a toda mujer sin discriminación de raza, credo o estado civil,

El encuentro que tenemos cada semana con Jesús, el que dignifica a la mujer nos tiene que llevar a apoyar a todas las mujeres para que vivan con dignidad y de modo particular a enfrentar la escasez de agua.

El encuentro que tenemos cada semana con Jesús, el que dignifica a la mujer nos tiene que llevar a brindar apoyo a las organizaciones que promueven el desarrollo integral de la mujer.

Marzo 22 2014

Cosme Carlos Ríos

La homilía

Consideremos ahora la predicación dentro de la liturgia, que requiere una seria evaluación de parte de los Pastores.

La homilía puede ser realmente una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento.

 La predicación, que se funda en la convicción de que es Dios quien quiere llegar a los demás a través del predicador y de que Él despliega su poder a través de la palabra humana.

Con la palabra, nuestro Señor se ganó el corazón de la gente. Venían a escucharlo de todas partes. Se quedaban maravillados bebiendo sus enseñanzas. Sentían que les hablaba como quien tiene autoridad.

Con la palabra, los  Apóstoles, atrajeron al seno de la Iglesia a todos los pueblos

 

Cabe recordar que «la proclamación litúrgica de la Palabra de Dios, sobre todo en el contexto de la asamblea eucarística, no es tanto un momento de meditación y de catequesis, sino que es el diálogo de Dios con su pueblo, en el cual son proclamadas las maravillas de la salvación y propuestas siempre de nuevo las exigencias de la alianza»

La homilía es un género peculiar, ya que se trata de una predicación dentro del marco de una celebración litúrgica; por consiguiente, debe ser breve y evitar parecerse a una charla o una clase.

Este contexto exige que la predicación oriente a la asamblea, y también al predicador, a una comunión con Cristo en la Eucaristía que transforme la vida.

Esto reclama que la palabra del predicador no ocupe un lugar excesivo, de manera que el Señor brille más que el ministro.

 

La Iglesia es madre y predica al pueblo como una madre que le habla a su hijo, sabiendo que el hijo confía que todo lo que se le enseñe será para bien porque se sabe amado. Además, la buena madre sabe reconocer todo lo que Dios ha sembrado en su hijo, escucha sus inquietudes y aprende de él.

El Espíritu, que inspiró los Evangelios y que actúa en el Pueblo de Dios, inspira también cómo hay que escuchar la fe del pueblo y cómo hay que predicar en cada Eucaristía.

La prédica cristiana, por tanto, encuentra en el corazón cultural del pueblo una fuente de agua viva para saber lo que tiene que decir y para encontrar el modo como tiene que decirlo.

Este ámbito materno-eclesial en el que se desarrolla el diálogo del Señor con su pueblo debe favorecerse y cultivarse mediante la cercanía cordial del predicador, la calidez de su tono de voz, la mansedumbre del estilo de sus frases, la alegría de sus gestos.

 

La preparación de la predicación es una tarea tan importante que conviene dedicarle un tiempo prolongado de estudio, oración, reflexión y creatividad pastoral.

El primer paso, después de invocar al Espíritu Santo, es prestar toda la atención al texto bíblico, que debe ser el fundamento de la predicación.

La preparación de la predicación requiere amor. Uno sólo le dedica un tiempo gratuito y sin prisa a las cosas o a las personas que ama; y aquí se trata de amar a Dios que ha querido hablar.

El texto bíblico que estudiamos tiene dos mil o tres mil años, su lenguaje es muy distinto del que utilizamos ahora.

Sin embargo la tarea no apunta a entender todos los pequeños detalles de un texto; lo más importante es descubrir cuál es el mensaje principal, el que estructura el texto y le da unidad.

El mensaje central es aquello que el autor en primer lugar ha querido transmitir, lo cual implica no sólo reconocer una idea, sino también el efecto que ese autor ha querido producir.

 

 El predicador «debe ser el primero en tener una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios: necesita acercarse a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo en sus pensamientos y sentimientos y engendre dentro de sí una mentalidad nueva

Las lecturas del domingo resonarán con todo su esplendor en el corazón del pueblo si primero resonaron así en el corazón del Pastor.

Quien quiera predicar, primero debe estar dispuesto a dejarse conmover por la Palabra y a hacerla carne en su existencia concreta. De esta manera, la predicación consistirá en esa actividad tan intensa y fecunda que es «comunicar a otros lo que uno ha contemplado».

No se nos pide que seamos inmaculados, pero sí que estemos siempre en crecimiento, que vivamos el deseo profundo de crecer en el camino del Evangelio, y no bajemos los brazos.

Marzo 22 del 2014
Editor responsable Cosme Carlos Ríos

sábado, 15 de marzo de 2014


Cuaresma: Salir, Subir, Escuchar

 

Por influencias de siglos, hemos encerrado la fé en los templos y en los ministros y no nos atrevemos a salir de nosotros y de nuestras rutinas, para ponernos al servicio del Reino

Hoy, como ayer, todos experimentamos conflictos y desalientos, y con frecuencia, tomamos la decisión de abandonar el grupo y la comunidad, sin dedicarnos a algo más provechoso

Hoy, como ayer, aparecen las grillas entre nosotros y aunque no causen ningún daño real, sí nos desalientan y nos paralizan.  

 

Leemos hoy el relato llamado de la vocación de Abraham

La tradición sobre la promesa hecha a Abraham, tiene  origen en la época en que el pueblo vivía en tribus y clanes. Su función es la de iluminar y dar esperanza al sufrido pueblo del campo.

Se inserta dentro de la tradición Yahvista que se comienza a redactar en la época de Salomón.

Abraham, y con él el pueblo, recibe el mandato de Dios de salir de su tierra, de su parentela y de la casa de su padre para ser instrumento de la bendición de Yahvé para todos los pueblos.

El relato del evangelio de Mateo que leemos hoy, está precedido por el anuncio de la muerte y resurrección de Jesús y por la invitación de este a tomar la cruz.

Los discípulos están pasando por una fuerte crisis; pues cuando empezaron el proceso de seguir a Jesús todo era muy bonito: Jesús curaba a mucha gente y estaba siempre rodeado de la multitud

La compasión por la gente, impulsó a Jesús a valorar más la vida que la Ley, y realizó curaciones en sábado y otras cosas que provocaron la crítica virulenta de los escribas y fariseos.

Estos ataques en público trajeron como consecuencia que la gente se fuera retirando  de Jesús y los discípulos tuvieran miedo y se desalentaran. Jesús y los discípulos tenían necesidad de iluminación sobre su misión y necesitaban fortalecer la esperanza

  • El relato de Mateo, que va siguiendo al de Marcos, habla más por los símbolos que por las palabras:
  • El monte significa lugar de encuentro con Dios
  • Moisés y Elías representan la tradición de fé que Israel recibió por medio de la Ley y los Profetas
  • La nube representa la presencia protectora de Dios
  • La voz es la misma que se escuchó al momento del bautismo de Jesús
    Podemos decir que, en un momento difícil de la misión de Jesús, para buscar la luz y fortaleza de Dios para la misión, él acompañado por los más íntimos, decide retirarse e ir al encuentro con Dios meditando las Sagradas Escrituras,

En el encuentro con el Padre escuchan la voz: “Este es mi Hijo  amado, en quien me he complacido; escúchenle”.

Esta experiencia aclara la identidad de Jesús y fortalece la esperanza de los discípulos para seguirlo en la misión.

 

Como Abraham, tenemos que ser el pueblo de Dios, todos con la misma dignidad, aunque con distintas responsabilidades.

Como Abraham tenemos ser un pueblo servidor llamado a fortalecer la esperanza, más con nuestras acciones que con nuestra palabra.

Como Abraham tenemos que ser un pueblo que sale de sí mismo, de sus intereses, de sus templos, para ir al encuentro de los débiles y marginados.

Como Jesús, en equipo, tenemos que meditar las enseñanzas del Padre, y descubrir la voz que el Padre nos dirige a nosotros, hoy

Marzo 15 del 2014

Cosme Carlos Ríos

 

 

 

 

 

viernes, 14 de marzo de 2014


EXHORTACIÓN APOSTÓLICA

Capítulo 3

EL ANUNCIO DEL EVANGELIO

La fuerza evangelizadora de la piedad popular

Podemos pensar que los distintos pueblos en los que ha sido inculturado el Evangelio son sujetos colectivos activos, agentes de la evangelización. Esto es así porque cada pueblo es el creador de su cultura y el protagonista de su historia.

Cada porción del Pueblo de Dios, al traducir en su vida el don de Dios según su genio propio, da testimonio de la fe recibida y la enriquece con nuevas expresiones que son elocuentes. Puede decirse que «el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo».

Aquí toma importancia la piedad popular, verdadera expresión de la acción misionera espontánea del Pueblo de Dios. Se trata de una realidad en permanente desarrollo, donde el Espíritu Santo es el agente principal.

En la piedad popular puede percibirse el modo en que la fe recibida se encarnó en una cultura y se sigue transmitiendo.

Se trata de una verdadera «espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos». No está vacía de contenidos, sino que los descubre y expresa más por la vía simbólica que por el uso de la razón instrumental.

Es «una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia, y una forma de ser misioneros»;  conlleva la gracia de la misionariedad, del salir de sí y del peregrinar.

Para entender esta realidad hace falta acercarse a ella con la mirada del Buen Pastor, que no busca juzgar sino amar.

Sólo desde la connaturalidad afectiva que da el amor podemos apreciar la vida teologal presente en la piedad de los pueblos cristianos, especialmente en sus pobres.

En la piedad popular, por ser fruto del Evangelio inculturado, subyace una fuerza activamente evangelizadora que no podemos menospreciar: sería desconocer la obra del Espíritu Santo.

Más bien estamos llamados a alentarla y fortalecerla para profundizar el proceso de inculturación que es una realidad nunca acabada.

Las expresiones de la piedad popular tienen mucho que enseñarnos y, para quien sabe leerlas, son un lugar teológico al que debemos prestar atención, particularmente a la hora de pensar la nueva evangelización.

. Hoy hay una forma de predicación que nos compete a todos como tarea cotidiana. Se trata de llevar el Evangelio a las personas que cada uno trata, tanto a los más cercanos como a los desconocidos.

En esta predicación, siempre respetuosa y amable, el primer momento es un diálogo personal, donde la otra persona se expresa y comparte sus alegrías, sus esperanzas, las inquietudes por sus seres queridos y tantas cosas que llenan el corazón.

Sólo después de esta conversación es posible presentarle la Palabra, sea con la lectura de algún versículo o de un modo narrativo, pero siempre recordando el anuncio fundamental: el amor personal de Dios que se hizo hombre, se entregó por nosotros y está vivo ofreciendo su salvación y su amistad.

Es el anuncio que se comparte con una actitud humilde y testimonial de quien siempre sabe aprender, con la conciencia de que ese mensaje es tan rico y tan profundo que siempre nos supera.

Si parece prudente y se dan las condiciones, es bueno que este encuentro fraterno y misionero termine con una breve oración que se conecte con las inquietudes que la persona ha manifestado.

No hay que pensar que el anuncio evangélico deba transmitirse siempre con determinadas fórmulas aprendidas, o con palabras precisas que expresen un contenido absolutamente invariable.

Carismas al servicio de la comunión evangelizadora

El Espíritu Santo también enriquece a toda la Iglesia evangelizadora con distintos carismas. Son dones para renovar y edificar la Iglesia

No son un patrimonio cerrado, entregado a un grupo para que lo custodie; más bien son regalos del Espíritu integrados en el cuerpo eclesial, atraídos hacia el centro que es Cristo, desde donde se encauzan en un impulso evangelizador.

Un signo claro de la autenticidad de un carisma es su eclesialidad, su capacidad para integrarse armónicamente en la vida del santo Pueblo fiel de Dios para el bien de todos.

Las diferencias entre las personas y comunidades a veces son incómodas, pero el Espíritu Santo, que suscita esa diversidad, puede sacar de todo algo bueno y convertirlo en un dinamismo evangelizador que actúa por atracción.

La diversidad tiene que ser siempre reconciliada con la ayuda del Espíritu Santo; sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad.

Editor responsable Cosme Carlos Ríos